lunes, 29 de octubre de 2007

Golem

El Golem de Jorge Luis Borges

Si (como el griego afirma en el Cratilo)
El nombre es arquetipo de la cosa,
En las letras de rosa está la rosa
Y todo el Nilo en la palabra Nilo.

Y, hecho de consonantes y vocales,
Habrá un terrible Nombre, que la esencia
Cifre de Dios y que la Omnipotencia
Guarde en letras y sílabas cabales.

Adán y las estrellas lo supieron
En el Jardín. La herrumbre del pecado
(Dicen los cabalistas) lo ha borrado
Y las generaciones lo perdieron.

Los artificios y el candor del hombre
No tienen fin. Sabemos que hubo un día
En que el pueblo de Dios buscaba el Nombre
En las vigilias de la judería.

No a la manera de otras que una vaga
Sombra insinúan en la vaga historia,
Aún está verde y viva la memoria
De Judá León, que era rabino en Praga.

Sediento de saber lo que Dios sabe,
Judá León se dio a permutaciones
de letras y a complejas variaciones
Y al fin pronunció el Nombre que es la Clave.

La Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
Sobre un muñeco que con torpes manos
labró, para enseñarle los arcanos
De las Letras, del Tiempo y del Espacio.

El simulacro alzó los soñolientos
Párpados y vio formas y colores
Que no entendió, perdidos en rumores
Y ensayó temerosos movimientos.

Gradualmente se vio (como nosotros)
Aprisionado en esta red sonora
de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,
Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.

(El cabalista que ofició de numen
A la vasta criatura apodó Golem;
Estas verdades las refiere Scholem
En un docto lugar de su volumen.)

El rabí le explicaba el universo
"Esto es mi pie; esto el tuyo; esto la soga."
Y logró, al cabo de años, que el perverso
Barriera bien o mal la sinagoga.

Tal vez hubo un error en la grafía
O en la articulación del Sacro Nombre;
A pesar de tan alta hechicería,
No aprendió a hablar el aprendiz de hombre,

Sus ojos, menos de hombre que de perro
Y harto menos de perro que de cosa,
Seguían al rabí por la dudosa
penumbra de las piezas del encierro.

Algo anormal y tosco hubo en el Golem,
Ya que a su paso el gato del rabino
Se escondía. (Ese gato no está en Scholem
Pero, a través del tiempo, lo adivino.)

Elevando a su Dios manos filiales,
Las devociones de su Dios copiaba
O, estúpido y sonriente, se ahuecaba
En cóncavas zalemas orientales.

El rabí lo miraba con ternura
Y con algún horror. ¿Cómo (se dijo)
Pude engendrar este penoso hijo
Y la inacción dejé, que es la cordura?

¿Por qué di en agregar a la infinita
Serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana
Madeja que en lo eterno se devana,
Di otra causa, otro efecto y otra cuita?

En la hora de angustia y de luz vaga,
En su Golem los ojos detenía.
¿Quién nos dirá las cosas que sentía
Dios, al mirar a su rabino en Praga?


El Golem de Gustav Meyrink

El rabino Loew (1512 – 1609), según cuenta la leyenda, había creado en el ghetto de Praga un hombre de barro que, de acuerdo con algunas versiones estaba originariamente diseñado para proteger a la judería de las persecuciones, se subleva y acaba destruyendo a su creador, en otras, se suicida y en otras, simplemente, el rabino borra la primera letra del nombre impreso en su frente (Emet, que significa verdad, sello del único) y el Golem regresa a la arcilla (Met, muerto).

Meyrink, en 1915 publica su versión de la leyenda, bastante peculiar, por cuanto el protagonista de la misma no aparece más que bajo la forma de un disfraz o de los contornos que adquiere un trozo de madera a manos de un artista del ghetto. El propio rabino Loew está ausente en la historia. De acuerdo con María Negroni : "La verdadera creación se traslada, en Meyrink, al fuero interior." Es decir que el nucleo de la narración es el viaje simbólico del protagonista a su pasado, y el golem es ese doble con el que tiene que encontrarse para "suprimir el exilio y la separación."


El Golem. Capítulo I. Inicio.

La luz de la luna cae a los pies de mi cama y se queda allí como una piedra grande, lisa y blanca.
Cuando la luna llena empieza a encogerse y su lado derecho se carcome - como una cara que se acerca a la vejez mostrando primero las arrugas en una mejilla y perfilándose después - a esa hora de la noche, se apodera de mí una inquietud sombría y angustiosa.
No estoy dormido ni despierto, y, en el ensueño, se mezclan mi alma lo vivido con lo leído la vida de Buddha Gotama e incesantemente volvían a repetirse en mi mente, de mil formas, estas frases:
"Una corneja voló hacia una piedra que parecía un trozo de grasa y pensó: Quizás haya aquí un buen bocado. Pero como la corneja no encontró nada apetitoso, se alejó. Del mismo modo que la corneja que se había acercado a la piedra, abandonamos - nosotros, los seguidores - al asceta Gotama, cuando hemos perdido placer en él."
Y la imagen de la piedra que parece un pedazo de grasa crece monstruosamente en mi mente:
Camino por el lecho seco de un río y recojo guijarros lisos.
De color gris-azulado, cubiertos de polvo brillante, sobre los que pienso y recapacito y con los que, sin embargo, no sé que hacer - y después otros negros con manchas amarillas de azufre, como petrificados intentos de un niño por imitar unas salamandras toscamente moteadas.
Y quiero arrojar estos guijarros lejos de mí, pero una y otra vez se me caen de las manos, y no puedo apartarlos de mi vista.
Aparecen a mi alrededor todas las piedras que han jugado un papel en mi vida.
Algunas se esfuerzan desmesuradamente por surgir de la tierra a la luz - como grandes cangrejos de color pizarra, subiendo con la marea, empeñados en atraer mi mirada hacia ellos y decirme cosas de importancia infinita.
Otros, agotados, vuelven a caer, sin fuerzas, en sus agujeros y renuncian a hablar. A veces salgo de la oscuridad de estos ensueños y veo de nuevo, por un instante, la luz de la luna sobre la abombada cubierta al pie de mi cama, como una piedra al pie de mi cama, como una piedra grande, lisa y clara, para, tanteando ciegamente, recuperar una conciencia que se diluye, buscando sin descanso la piedra que me atormenta - la que debe estar en algún sitio oculta entre los escombros de mis recuerdos y parece un pedazo de grasa.
No lo consigo.
En mi interior una obstinada voz afirma una y otra vez con necia tenacidad - incansable como una contraventura que el viento golpeara contra las paredes a intervalos regulares -: que ello no es así, que ésta no es en absoluto la piedra que parece grasa.
Y no hay forma de librarme de la voz.
Cuando, por centésima vez, objeto que todo esto es secundario calla entonces por un momento, pero luego, imperceptiblmente, va despertando para volver obstinadamente a comenzar: si, bueno, está bien, pero no es la piedra que parece un pedazo de grasa.
Entonces, lentamente, empieza a apoderarse de mí una insoportable sensación de desamparo.
No sé lo que ha pasado después. ¿He abandonado voluntariamente la lucha, o ellos, mis pensamientos, me han dominado y amordazado?
Sólo sé que mi cuerpo yace dormido en la cama y que mis sentidos se han separado y ya nada los une a él.
De repente quiero preguntar quién es "Yo"; y es entonces cuando me acuerdo de que ya no poseo órgano alguno con el que formular preguntas, y temo que esa tonta voz vuelve a despertar y comience desde el principio el eterno interrogatorio sobre la piedra y la grasa.
Y así me alejo."

Fragmento de El Golem que gusta mucho

"Delante caminaba un muñeco.
El muchacho era delgado como un poeta
iba vestido con trapos de colores
se tambaleaba y hacía gestos..."


2 comentarios:

Anónimo dijo...

El Golem de los Simpson es el mejor.

Tarsiana dijo...

Dese a conocer!